“Síndrome de La Habana”: algo está atacando a los espías de EEUU… y Rusia es sospechosa

Embajada rusa en La Habana (Fuente: Wikimedia Commons)

Los últimos incidentes en Cuba y China impiden negar la realidad: personal estadounidense está siendo objetivo de algún tipo de “neuroarma”, sin que estén realmente claros los motivos

A menos que uno acepte el dogma de que “Washington siempre miente”, como parecen creer muchos miembros del ‘establishment’ cubano, resulta ya imposible negar la mayor: los espías y diplomáticos de EEUU están siendo atacados con un arma de baja intensidad hasta ahora desconocida, y sin que estén muy claros los motivos. Desde que empezase en La Habana a finales de 2016, el fenómeno se ha convertido ya en uno de los mayores misterios del espionaje en lo que va de siglo, se ha extendido ya como mínimo a un consulado en China. Y a medida que va emergiendo más información y se van conociendo los detalles, muchas teorías explicativas han sido descartadas por implausibles. Pero los hechos permanecen, y son cada vez más sólidos.

El último incidente ocurrió en Cuba el pasado mayo, según han revelado varios medios estadounidenses. Una empleada del Departamento de Defensa de EEUU, que llevaba menos de tres semanas en el país, empezó a experimentar los mismos síntomas que venían afectando a varios de sus colegas desde hacía un año y medio: mareos, pérdida de equilibrio, molestias auditivas y otros efectos producidos por daños cerebrales leves. Pero esta vez la mujer había sido examinada antes de su desplazamiento a la isla antillana, por lo que la evidencia médica es indudable, y ha terminado por convencer a los escépticos.

Ciertamente, no todas las explicaciones dadas inicialmente por las autoridades estadounidenses han resistido el paso del tiempo, y los incidentes han sido sin duda convenientemente explotados por la Administración Trump para revertir casi toda la política de acercamiento a Cuba iniciada por su antecesor Barack Obama. La hipótesis de los “ataques sónicos” parece abandonada definitivamente por su nula solidez científica, y otras ideas, como el uso de agentes químicos o microondas, han sido consideradas demasiado endebles y discordantes con muchos aspectos del fenómeno y con los síntomas de las víctimas. Otra explicación alternativa –que hubiesen sido afectados involuntariamente por una tecnología de escucha que funcionó mal, produciendo interferencias- tampoco ha satisfecho a los especialistas.

Pero muchos de los principales expertos estadounidenses en neurología y daños cerebrales, varios de los cuales eran abiertamente escépticos al principio y pensaban que todo tenía que deberse a razones psicosomáticas, pudieron examinar el pasado agosto a los afectados –al menos 27 hasta la fecha, a los que hay que sumar a una docena de diplomáticos canadienses y sus parientes- bajo la supervisión del doctor Douglas Smith, y concluyeron de forma unánime que las secuelas eran una realidad.¿Qué está pasando entonces?

Ante la imposibilidad de determinar con certeza las causas de este fenómeno, algunos observadores han empezado a denominarlo “Síndrome de La Habana”. La última teoría, enunciada el pasado septiembre por el equipo del doctor James Giordano, un experto en neurotecnología y sus aplicaciones militares y profesor en el Centro Médico de la Universidad de Georgetown, es que se trató de algún tipo de “neuroarma”, que provocó un efecto de “cavitación”, o bolsas de aire, en los fluidos cerca del oído interno, cuyas burbujas viajarían rápidamente en el torrente sanguíneo cerebral, provocando microderrames cuyos efectos serían consistentes con los síntomas observados en las víctimas. El equipo cree que el uso de energía microondas es posible pero improbable, pero considera altamente viable que se haya usado un dispositivo de explosición ultrasónica o de pulso electromagnético.

El propio Departamento de Defensa de EEUU está experimentando este tipo de tecnologías en estos momentos, tratando de replicar el arma que podría haber sido utilizada en Cuba. El proyecto está siendo llevado a cabo en la Base Kirtland de la Fuerza Aérea, en Nuevo México, donde el ejército cuenta con laboratorios de última generación para probar armamento experimental.

El objetivo, los espías estadounidenses

Cuando el incidente salió plenamente a la luz pública, en la primavera de 2017, al menos 10 de los afectados eran agentes de la CIA. El resto, según creen algunos miembros del Departamento de Estado, podrían sido tomadas erróneamente como objetivo al haberse establecido en residencias utilizadas anteriormente por otros espías estadounidenses, o por funcionarios encargados de mantener contactos con las organizaciones disidentes y de derechos humanos dentro de Cuba.

Además, uno de los doctores estadounidenses enviados por el servicio médico de la CIA a Cuba para examinar a sus agentes -que llegó al país de forma anónima- sufrió los mismos síntomas mientras se alojaba en el hotel Capri de La Habana. Lo mismo le sucedió a otra agente de ese servicio de inteligencia en agosto, nada más llegar a la capital cubana.

Pese a las acusaciones de algunos halcones de la política exterior estadounidense, las autoridades cubanas han negado por activa y por pasiva su responsabilidad en estos incidentes. El propio Raúl Castro se reunió con el entonces máximo responsable de la diplomacia estadounidense en Cuba, el Encargado de Negocios interino Jeffrey DeLaurentis, el 21 de febrero de 2017, dos meses después del estallido de la crisis, para transmitirle su posición. “No somos nosotros. Necesitamos más información de su Gobierno para ayudarnos a resolverlo”, le habría dicho Castro, según un antiguo funcionario del Departamento de Estado que estuvo presente en el encuentro. Castro habría dejado caer que “un tercer país” podría estar implicado.

¿A quién se refería? Muchos altos funcionarios estadounidenses, entre ellos el entonces asesor de seguridad nacional el general H.R. McMaster, creía que no podía tratarse más que de Rusia. “¿Quién más tiene un programa de armas secretas? ¿Quién más tiene la capacidad de llevar a cabo una operación como esta? Se ajusta a su patrón, a su estilo”, asegura un ex funcionario de la Administración Trump en una entrevista con la publicación The New Yorker. “Si han sido los rusos, claro, no puedes hacerlo sin que los cubanos lo sepan. Pero puedes, si lo saben los cubanos adecuados. ¿Y qué mejor forma de joder a Raúl y Alejandro [Castro], si crees que están yendo demasiado lejos, que jodernos directamente a nosotros?”, dice un alto funcionario estadounidense con experiencia en Cuba, en ese mismo artículo.

Rusia, según los especialistas, se ha opuesto en todo momento al acercamiento entre Cuba y EEUU orquestado por el entonces presidente Raúl Castro, y cuyos contactos iniciales fueron llevados a cabo por su hijo, el coronel del Ministerio del Interior Alejandro Castro Espín, un alto responsable de los servicios de inteligencia cubanos y considerado en aquella época como la tercera persona más poderosa de la isla. Algunos observadores creen que los rusos habrían organizado toda esta operación para hostigar a los estadounidenses con la esperanza de hacer descarrilar el deshielo entre el viejo aliado socialista en el Caribe y su antiguo enemigo. “Esta claro que Rusia tiene intereses en sabotear la renovada relación entre Cuba y EEUU. Durante los últimos años, Rusia ha incrementado su implicación y sus inversiones en Cuba porque se sienten claramente amenazados”, afirma James Williams, líder de ‘Engage Cuba’ (‘Hablad con Cuba’), una plataforma empresarial estadounidense que aboga por la mejoría de las relaciones con la isla, en una entrevista con el diario Miami Herald.

Inteligencia de señales

Además de una poderosa motivación, podrían existir algunas evidencias en ese sentido: según un reciente artículo de NBC News, las agencias de espionaje de señales de EEUU, como la NSA, han detectado indicios que apuntan a la implicación rusa tanto en Cuba como en el posterior episodio en China: esta primavera, una empleada del Departamento de Comercio en el consulado estadounidense en Guangzhú (Cantón) resultó afectada por los mismos síntomas que los afectados en La Habana, tal y como confirmaron los médicos que la examinaron. Los informes de señales que apuntan a Rusia fueron confirmados a NBC News por tres funcionarios de inteligencia y otros dos servidores públicos, si bien señalan que no existen pruebas suficientes para acusar a Moscú de forma fehaciente.

Con implicación rusa o sin ella, la gran duda sería hasta qué punto los cubanos han tomado parte en el asunto. La mayoría de los expertos considera implausible que una operación semejante hubiese podido tener lugar bajo las narices de los legendarios servicios de seguridad cubanos sin el conocimiento de éstos, al menos de forma tan prolongada. “Es improbable, dado el estrecho nivel de control que el régimen mantiene sobre la población, que no lo supieran. Pero a mediados de los años 90 hubo una serie de atentados con bomba en hoteles [orquestados por el notorio terrorista Luis Posada Carriles], y pasaron semanas antes de que cazaran a los responsables. Esimprobable, pero no imposible”, afirma Chris Sabatini, profesor de la Universidad de Columbia y experto en Latinoamérica, en declaraciones al Miami Herald.

Por otra parte, el primer incidente tuvo lugar en diciembre de 2016, más de un mes después de que Donald Trump hubiese vencido a Hillary Clinton en las urnas. “Los cubanos podrían haber sospechado que el acercamiento iba a acabarse. ¿Qué tenían que perder?”, señala Sabatini. Los ataques podrían ser una represalia, o una extraña forma de ejercer presión contra los estadounidenses. Además, Rusia trabaja activamente para ayudar a modernizar los puertos y ferrocarriles de la isla, así como sus fuerzas armadas, y le está proporcionando petróleo ante el declive de su principal suministrador, una Venezuela sumida en una profunda crisis económica. “Eso es más de lo que Cuba obtiene de los Estados Unidos”, dice Sabatini.

Aún así, resulta improbable que Raúl Castro hubiese autorizado una operación que atenta tan flagrantemente contra sus esfuerzos sostenidos por mejorar las relaciones con EEUU. Pero un oscuro incidente podría ser la clave de todo: según algunas informaciones, antes de dejar la presidencia el líder cubano ordenó desmantelar o reorganizar la Comisión Nacional de Seguridad y Defensa, el todopoderoso órgano dirigido por su hijo Alejandro, considerado un “estado dentro del estado” en el seno de los servicios de inteligencia cubanos, bien por no haber sido capaz de impedir los ataques, o bien por estar implicado de algún modo. Castro Espín no fue nombrado diputado en la última Asamblea Nacional, lo que apunta a una degradación considerable de su poder.

Sea como fuere, los espías estadounidenses en todo el mundo deben convivir ahora con una nueva amenaza: la posibilidad de ser atacados con una “neuroarma” que, sin llegar a matar, provoca daños cerebrales serios. Y lo más inquietante para un profesional de la inteligencia: sin que, de momento, se conozcan las verdaderas razones.

Publicado originalmente en El Confidencial el 14/11/2018

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